TRES REYES (contraportada john Wesley Harding)

Había tres reyes y formaban un grupo muy pintoresco. El primero tenía la nariz rota, el segundo, un brazo roto y el tercero estaba arruinado. "¡Fe es la llave!" dijo el primer rey. "No, la saliva es la llave!" dijo el segundo. "Los dos os equivocáis, --dijo el tercero--, la llave es Frank."
Entrada ya la tarde Frank estaba barriendo, preparando la comida y sirviéndose cuando llamaron a la puerta. "¿Quién es?" musitó. "Somos nosotros, Frank, dijeron lo tres reyes al unísono, "nos gustaría tener unas palabras contigo". Frank abrió la puerta y los tres reyes se arrastraron adentro. Terry Shute estaba intentando abrir un tocador cuando la mujer de Frank entró y le sorprendió. "Están aquí" dijo entrecortadamente. Terry dejó caer su cajón y se frotó los ojos. "¿Cómo son ellos?" "Uno tiene una vasija rota, es verdad, los otros dos no podría decírtelo con seguridad." "Estupendo, gracias, eso es todo." Bueno, ella se dio la vuelta y resopló. Terry se apretó el cinturón y de pronto algo le vino a la cabeza, dijo: "¡Espera!" "¿Si?" "¿Cómo cuántos dirías que eran?" Vera sonrió, dio tres golpecitos con la punta de zapato. Terry observó su pie atentamente.
"¿Tres?" preguntó vacilando. Vera afirmó con la cabeza. "¡Levantáos del suelo! gritó Frank. El segundo rey, que fue el primero en levantarse, musitó, "¿Dónde está tu media naranja, Frank?" Frank, que no estaba para bromas, se lo tomó alegremente, replicó, "Está en la parte de atrás de la casa, divirtiéndose con un hombre arrogante, ahora vamos al grano, ¿qué hay hoy en vuestras cabezas?" Nadie contestó.
Terry Shute entró entonces en la habitación dando un portazo, mirando a los tres reyes y acariciándose el cabello revuelto. Yendo al fondo de la cuestión, se jactó: "Hay una conjunción arrastrándose lentamente por la tierra. Comienza con estos tres mendas y va hacia afuera. Nunca en mi vida había visto un grupo tan heterogéneo. No piden nada y no reciben nada. El perdón no va con ellos. la desierta llanura se pudre en sus frentes. Desprecian a la viuda y maltratan a los niños, pero me temo que no podrán reinar sobre el destino de los jóvenes, ¡ni siquiera ellos!" Frank se dio la vuelta como un rayo, "¡Fuera de aquí pordiosero y no vuelvas nunca!" Terry abandonó la habitación voluntariamente.
"¿Cuál es el problema?" Frank se volvió hacia los tres atónitos reyes. El primer rey se aclaró la garganta. Los zapatos le estaban demasiado grandes y la corona estaba humedecida y torcida pero no obstante empezó a hablar del modo más explícito, "Frank, --empezó--el señor Dylan ha vuelto con un nuevo disco. Este disco desde luego no tiene más que sus propias canciones y nosotros creemos que tú eres la llave." "Es cierto, --dijo Frank--lo soy." "Entonces, --dijo el rey un poco excitado,--podrías, por favor, aclarárnoslo?" Frank, que todo el tiempo había estado reclinado, con los ojos cerrados, los abrió repentinamente como un tigre. "¿Y hasta dónde queréis llegar?" preguntó y los reyes se miraron unos a otros. "No demasiado lejos, sólo lo suficiente para que podamos decir que hemos estado allí," dijo el jefe primero. "De acuerdo, --dijo Frank,--veré lo que puedo hacer," y comenzó a hacerlo. Primero de todo, se sentó y cruzó las piernas, luego se puso de pie de un salto, se rasgó la camisa y comenzó a agitarla. Una bombilla cayó de su bolsillo y la aplastó con el pie. Luego suspiró profundamente, gruñó y gimió y traspasó con el puño la ventana. Se volvió a acomodar en su silla y sacó una navaja, "¿Es bastante lejos?" preguntó. "Por supuesto Frank," dijo el segundo rey. El tercer rey sacudió la cabeza y dijo que no estaba seguro. El primer rey quedó en silencio. Se abrió la puerta y Vera entró. Terry Shute nos dejará pronto y desea saber si ustedes los reyes tienen algún presente que quieran darle." Nadie contestó.
Poco antes del amanecer los tres reyes iban dando tumbos por la carretera. La nariz del primero se había arreglado misteriosamente, el brazo del segundo había curado y el tercero era rico. Los tres iban tocando cornetas. "No he sido nunca tan feliz en toda mi vida," cantó el que tenía todo el dinero.
"¡Oh, santo cielo!" dijo Vera a Frank, "¿Por qué no les dijiste que eras hombre moderado y lo dejaste así, en vez de hacer el ganso por toda la habitación?" "Calma Vera," dijo Frank. Terry Shute, que estaba sentado junto a la cortina limpiando un hacha, se puso de pie, caminó hacia el marido de Vera y colocó una mano sobre su hombro. "¿No te heriste la mano, verdad Frank?" Frank se sentó y observó cómo los obreros colocaban el cristal de la ventana. "No creo," dijo.
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